Uno de esos días en que te levantas de la cama y ya no sabes qué rutina de limpieza, crema, maquillaje, loción, remedio, alimento, emoción, meditación incorporar o no...

Uno de esos días en que arde la cara, el alma, la vida...

Quizás te pasó como a mí: hay días que te mirás y pensás que no podés más. Que no vas a mejorar.
Yo también tuve esos días. Y aprendí a hacer espacio para ellos, en vez de pelearme conmigo. Me di cuenta que mientras más me enojaba o peleaba, más resistencia tenía cada grano en irse de mi piel. Entonces aprendí, que tenía que dejar de resistirme...

Lo que arde es no encajar en un mundo que contempla belleza desde una óptica estrecha, con estándares que normalizan, clasifican y dictan qué es bello por fuera… y qué no.
Un mundo que acomoda el 90-60-90 como “medidas” del cuerpo perfecto y estético.
Un mundo que, para cada problema, casualmente vende una solución.

Un mundo que tiene una velocidad muy acelerada y que no frena para contemplar las pequeñas cosas de un día a día, todo eso que es muy valioso y que pasa desapercibido si no frenamos a observarlo.

Y sí: duele, y también arde.
No solo arde el síntoma o el granito nuevo de turno, arde el alma por dentro.
Arde el deseo de tener un espacio propio, uno que no esté condicionado por la mirada ajena.
Arde la necesidad de poder mirarnos con cariño primero, antes de confiar en los demás.
Pero eso se vuelve un juego extraño, porque ¿cómo amarse en medio del dolor?
¿Cómo ser ojos tiernos y cálidos, cuando otros ojos —curiosos, burlones, indiferentes— nos observan desde afuera?

Parte de escribir estos textos era justamente eso: que encuentres un espacio, aunque sea pequeño, donde algo de tu vida se refleje.
Porque todos atravesamos momentos que nos condicionan.
Y muchas veces somos nosotros mismos quienes nos etiquetamos en la primera hoja diciendo: “tengo esto”...
Después, los demás solo completan el resto.
Pero ese espacio —tu espacio— no deberíamos entregarlo tan fácil.

Es un territorio que merece cuidado, que necesita sanar y salvarse con la misma dedicación con que aplicamos una crema reparadora sobre la piel. 

El alma arde, sí.
Pero arde porque quiere que notemos lo que pasa adentro, porque en cada proceso interno hay una enseñanza distinta.
Sanamos cuando entendemos que no somos iguales, que no encajamos todos en una misma medida, y que cada historia, cada paso, tiene su propio ritmo.
Ahí está la verdadera riqueza: cuando la vida deja de arder por dolor…y empieza a arder por la chispa de valorar lo que somos y lo que tenemos.

Te propongo dedicarle unos minutos a tu propia imagen, pero desde el contemplar genuino, con lo que sos, sin más sin menos, despojad@ de todo. Al natural. A "cara lavada"...

Es un gran ejercicio diario. 


Comentarios
* No se publicará la dirección de correo electrónico en el sitio web.