Tendemos a maltratarnos a nosotros mismos, a ser autoexigentes, a poner sobre nosotros mochilas enormes...
En este proceso transformador, hubo muchos momentos difíciles. Busqué contención familiar y profesional afuera, fue un complemento. Sin embargo, la verdadera ternura llegó desde un lugar inesperado: mis propias manos.
Descubrí que el gesto más simple podía transformarse en un acto de aceptación. Poner una mano sobre mi cara ardida, o sobre el pecho en medio de la angustia, me recordó que también puedo sostenerme. No hacía falta esperar la aprobación de otros, porque yo misma podía cuidarme, un poco, todos los días...
Muchas veces el rechazo comienza en nosotros mismos. Nos miramos en el espejo y vemos sólo lo que duele, lo que no encaja, lo que quisiéramos borrar. Pero, igual que cuando limpiamos los vidrios para dejar entrar la luz, podemos cambiar la óptica: elegir observarnos con paciencia en lugar de poner tanta dureza y autoexigencia.
La aceptación para mi no significa conformarSE, sino aprender a mirarSE con más compasión, con ternura. Mis manos me enseñaron que el contacto físico, aunque sea conmigo misma, puede ser el recordatorio más poderoso: "somos más que heridas, granitos, lastimaduras, más que piel, más que este momento"...
Te invito a que te trates mejor, día a día. Que veas tus manos, como un refugio.
A que seas tu mejor amig@, sobre todo frente al espejo. Te propongo que te trates igual que como tratas a los demás...