Elegí cada imagen de estos escritos, especialmente.
Particularmente la niña de esta imagen con una mariposa en su nariz, me recordó lo que dice el titular...
No somos solo piel.
No somos un conjunto aislado de partes sueltas.
Nos enseñan eso muchas veces: a separar, a no mirar de forma integradora.
No aprendemos a percibir las conexiones, a comprender cómo todo se vincula con todo.
Y al no visualizar esas correlaciones, terminamos rompiendo, destruyendo, contaminando… incluso el planeta, que es nuestro hogar.
Si entendiéramos que un problema en la piel de otro ser humano es tan importante como no contaminar un río, seríamos más considerados, más empáticos, menos indiferentes.
Entre mis pasiones, una de las más grandes es la fotografía de naturaleza. Cada vez que tomo una foto, “congelando un instante”, sé que detrás hay mucho más que una composición estética.
Cada imagen es una memoria viva: me conecta con lo que la rodeaba, con lo que sentí al tomarla, con el motivo que me llevó a hacerlo.Durante mucho tiempo no comprendía cómo la naturaleza podía ser un puente conector con la vida. La percibía como algo externo, lejano, y me perdía entre ese mundo natural y el otro, el cotidiano, lleno de estímulos y personas.
Pero mientras más integré mi pasión por la fotografía con la naturaleza —la de afuera y la mía, la interior— entendí que no somos elementos aislados, ni síntomas, ni problemas.
A menudo nos distraen las circunstancias.
Sin embargo, lo verdaderamente grandioso sería poder integrarnos incluso cuando más vulnerables nos sentimos.
Quizás la clave esté en recordar que, sin importar cómo nos miren los demás, siempre hay algo que nos observa con suavidad: el cielo, el agua, las flores, los animales.
Ellos nos miran de un modo integrador, no invasivo.
Y en esa mirada podemos descansar.
Podemos recargar lo que el día nos quita.
Porque esos lugares —la naturaleza, su silencio, su presencia— siempre estuvieron, están y estarán ahí…